Día 1

 

Día 1

Verónica Vázquez Vargas

Como la mayoría de los días, desperté a las 7 am con pocos ánimos para empezar el día. Era mi primer día de regreso en el trabajo y no estaba emocionada, al contrario, me sentía ansiosa, no quería enfrentarme de nuevo al servicio al cliente.

Al voltearme sobre el colchón casi me caigo de la cama. Me había recorrido mientras dormía y no sabía que mi cuerpo estaba tan próximo a la orilla; la adrenalina de la casi caída me impulsó a despertarme por completo y meterme a bañar.

Mientras buscaba mi ropa me volví consciente de lo callado que estaba todo en la casa. No le di importancia, quería llegar puntual al lugar. Mientras más rápido  acabara el día, mejor. Me vestí rápidamente y, con la intención de conseguir un viaje cómodo en el nuevo coche de mi hermano, fui a revisar su cuarto. Pensé que ya se habría levantado, pero en realidad seguía dormido, así que lo llamé por su nombre. Como no se movió, imaginé que podría estar cansado de la fiesta a la que había ido un día antes; azoté su puerta y caminé hacia el otro baño de la casa para lavarme los dientes.

Al pasar por el pasillo vi a mi madre, recargada extrañamente en la pared. La abracé por los hombros y le dije que ya me iba, cuando me percaté de lo tensa y fría que estaba: su cuerpo se sentía como una pieza de mármol. Fue ahí cuando la rodeé y vi sus ojos, perdidos y asustados. Estaba petrificada; su piel era dura, como si una capa de resina le hubiese caído encima. No reaccionaba. Salí corriendo a pedir ayuda, gritándole a mi hermano y a los vecinos. Nadie contestaba. Corrí al patio y encontré cinco pájaros en la misma condición. Son las 9 pm y no me he atrevido a regresar al cuarto de mi hermano. Me gusta pensar que está bien, pero sé que ya lo hubiera escuchado si estuviera vivo. Estoy sola. Mañana intentaré explorar, tal vez haya sobrevivientes, pero todo es muy silencioso y eso no me da esperanzas.

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