La piedra grosera
La piedra grosera
Verónica Vázquez Vargas
Cuando Armando tenía siete
años coleccionaba rocas de todo tipo. Le gustaban las lisas y de colores poco
comunes; con cada piedra recordaba un momento especial. A pesar de su corta
edad, acampaba en el bosque situado a tres cuadras de su casa. Sus padres no
mostraban mucho interés en él, así que el podía tomar su casa de campaña e irse
por la puerta principal sin que se dieran cuenta ─y si se daban cuenta, no le
impedían que se fuera.
El pequeño entraba en el bosque, armaba
su tienda, se envolvía en su chamarra café y admiraba sus piedras. Llevaba
leche de chocolate en Tetrapack y frituras que tomaba de la alacena durante la
semana. Armando era muy inteligente y pronto encontró la manera de irse a vivir
a otro lugar, una vez que no representaba un problema legal. Se fue a la costa
de Maine, donde había un calmado y abundante bosque.
No había tenido gran
problema para quedarse a acampar en ese bosque, sólo aquella vez que dejó entreabierto
el cierre de su tienda y entraron docenas de mosquitos a picarlo. Hasta que un
día se puso sus botas para ir a conseguir comida y encontró una piedra dentro,
la sacó sin darle mucha importancia y empezó su día como lo había planeado. A la
mañana siguiente, se levantó tarde para reunirse con
un local alpinista que en su ruta platicaba con él, hablaba de deportes y
tomaba café. Agitado por no perder la visita fugaz de su amigo, se puso sus
botas con un movimiento brusco, cuando sintió el ardor y su sangre fluyendo
rápidamente hacia su talón: tenía una piedra puntiaguda dentro. Maldijo y buscó
en su botiquín desinfectante y un curita. Una vez curado, decidió ponerse la
otra bota, pero tal fue su sorpresa cuando en ella también había una amenaza
parecida, sólo que, hasta el fondo, la piedra se clavó en su dedo gordo. Ahora
sí gritó de dolor y, al sacar su pie para revisar el daño, el filoso objeto
seguía incrustado en su dedo.
Al quitar la piedra, vio, entre la sangre y sus dedos, una sonrisa dibujada en el objeto, y un trazo que parecía una mano mostrándole el dedo medio.
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