Lo que mis zapatos piensan de mí

 Lo que mis zapatos piensan de mí


Verónica Vázquez Vargas

Estoy desgastado. Será porque soy el derecho; mi hermano también ha tenido mejores días, pero a mí se me despega el caucho de enfrente y las manchas de grasa no se quitan con nada. Estoy al frente, siempre al servicio en la cocina. Proveo soporte y ella gira ágilmente sobre mí para cambiar la dirección a la que va rápidamente cuando hay que entregar los pedidos a la hora en punto.

No me gusta cuando tiene que lavar trastes. Aunque tengo muchas capas, no soy impermeable y suele derramar agua enjabonada o sucia sobre mí; quiero pensar que es un mero accidente. Este ritmo me hace desear que me lave más seguido, o al menos me que deje descansar de vez en cuando. Creo que soy su opción, ya que no quiere ensuciar a los demás pares que no tuvieron la mala suerte de haber estado ahí cuando se le calló una botella de salsa Valentina.

Ya me he resignado. He vivido una buena vida, fui amado y ahora que estoy en malas condiciones, con ganas de parar un rato, me doy cuenta de que si deja de trabajar tal vez, muy probablemente, no me use de nuevo. Eso es algo triste porque vi tantas cosas, me amoldé a su pie y al terreno que corrió cuando olvidó las tortillas y ya se hacía tarde, buenos momentos en los que me divertí y conocí su mundo.

No sé qué pasará, pero siempre en mi memoria y mis surcos quedará el vestigio de cuando fuimos un par nuevo y creíamos que éramos los mejores tenis

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