Recuerdo interrumpido
Recuerdo interrumpido
Verónica Vázquez Vargas
El domingo pasado nos levantamos
a las 6 de la mañana para bañarnos, como siempre, a fríos jicarazos, porque no
tenemos agua corriente. A esa hora todavía es de noche aquí en el cerro, pero
teníamos que alistarnos para ir al servicio dominical. Mi mamá insiste en que
todos debemos ir. Yo preferiría descansar y en la tarde ir con mi amigo Gustavo
para que me preste un ratito su bicicleta. Esta es la segunda vez que asisto a
ese lugar; no estoy seguro, pero creo que le llaman el culto, o al menos eso he
escuchado.
Hay cánticos que me asustan por
lo intensos que se ponen los señores alrededor de mí. Cuando intento decirle a
mi mamá, me contesta que es Satanás dentro de mí que no me deja disfrutar el
servicio. Eso me pone triste porque yo nunca lo dejé entrar. No sé a qué se
refiere en realidad, pero creo que ella piensa que no soy bueno.
Sentía una opresión en mi pecho y
ganas de vomitar. Es algo que ya había experimentado antes, como cuando fuimos
a formarnos para que nos dieran despensas en unas camionetas grandes, del
gobierno según. Había mucha gente y mucho ruido que me pone nervioso, por eso
hoy me levanté de la dura banca que ya me había molestado en las sentaderas. Pensé
que tal vez respirar profundo me calmaría. Me encaminé hacia donde parecía
estar el baño, fui hacia la puerta más cercana y pasé a lado de una bodega. Caminé
un poco más y encontré una puerta entrecerrada. Pensé: “¡Por fin! Aquí está”, aunque
en ese momento ya no me sentía tan mal.
Entré y, sorpresa: ese no era el
baño. Era una guarida de cosas sagradas y valiosas, joyas de oro, cristos tallados
en madera fina, ladrillos de oro, todo tipo de cosas bellas que nunca había
visto. Me acerqué a ver una bola de cristal que estaba justo en medio del
exhibidor de tesoros, se parecía a una escena de invierno en otro lugar que no
conozco, una cruz en medio de un desierto. Me atreví a tomarla y agitarla: los
brillos y el agua se entremezclaron, creando espirales de colores. Eso me hizo
querer tener algo así. No necesitaría desear algo más, ni juguetes nuevos ni
ropa que, si me quedara, sería suficiente poder ver esa escena una y otra vez.
Hasta que, por estar tan ido, se
me resbaló de las manos. El canto había acabado y el estruendo fue tal, que
quien hablaba inspiradamente al micrófono calló por un rato. Se hizo en un
segundo un charco de brillos y vidrio quebrado. Escuché los pasos acelerados de
alguien corriendo a donde yo estaba, intenté escabullirme. Pensé: “No hay
manera de que yo pueda reponer eso”, pero no había escapatoria, me tendría que
hacer cargo de lo que pasaría después.
En eso entró un señor de unos 40
años, sudando, con los ojos rojos y saltones. Me preguntó con esa misma ira intensa con la que me trata mi papá: “¡¿Qué estabas pensando, niño?!. Se supone
que le puse el seguro. Este es mi descuido, ¿qué dirá el hermano Juan? ¡Voy a
perderlo todo por un niño mugriento como tú! No puede ser”… mientras me tomaba
por los hombros y me sacudía.
Me siento triste, asustado, no sé qué hacer. Yo ni quería venir. Mi madre se asoma a la puerta temerosa a encontrarme en la conmoción de los gritos del señor, y veo cómo su cara cambia, y empiezo a entender que, aunque quisiera no volver aquí, tendremos que hacerlo, para intentar pagar mi error. No tenía ni la menor idea del lío en el que me había metido.
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